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CREADORES DE ARTE ARGENTINO
PROLOGO
De Creación, de diccionarios y de
enciclopedias:
Como lo hago cada vez que debo abordar un tema por mí no tratado
anteriormente, acudo a mi buen y callado amigo, el diccionario, en
la espera y en la confianza en que él, lo mismo que lo ha hecho ya
tantas veces antes, me sacará ahora de apuros por carecer yo de los
elementos para hacerlo de otra manera. No estoy, en modo alguno,
confesando ignorancia, sino una debilidad. El tema me parece ser
demasiado serio como para salir de él con mas o menos frivolidad, o
si se lo prefiere, con elegancia. Valgan los días de meditación
previa sobre dicho tema, a los que, sin otros resultados visibles
que el de dividir a éste en capítulos cuyas discusiones vayan
ayudando en su aclaración, y aún así el camino no me parece lo
suficientemente expeditivo como para intentar transitarlo; deseo
hablar de la creación como una especie de puntapié inicial para
otras disquisiciones, pero también me interesan al máximo puntos
tales como el de la importancia del creador, su papel dentro de una
sociedad contemporánea, y lo que ésta debe facilitar al creador o
“creativo”, como se empeñan en insistir algunos para aliviar a su
senda de obstáculos. Al menos, de aquellos de los que resulte
responsable dicha sociedad, no tanto la contemporánea –siempre
dispuesta a emitir las señales de reconocimiento necesarias- como
las de otros tiempos, por ejemplo la victoriana, con episodios como
el de la injusta, tortuosa y sofocante degradación de Oscar Wilde
primero, de su amarga muerte en el destierro después.
Vayamos, pues, al diccionario, callado y siempre dispuesto a
tender una de sus múltiples manos cuando así se lo solicita. Me
valgo de una edición corriente del “Pequeño Larousse Ilustrado” en
su quinta tirada, y lo primero que le pido es una autodefinición,
que de inmediato me entrega, y que al igual que las restantes
trascribo tal que: “Reunión, por orden alfabético o ideológico, de
todas las palabras de un idioma o de una ciencia”. Y de inmediato, y
como sinónimos: “Glosario, vocabulario, léxico, enciclopedia”. Y es
precisamente esta última, la enciclopedia, a la que pensaba
referirme, de modo que agradezco al diccionario que tan
cumplidamente se me anticipa. Y dice así, tras eludir a los orígenes
griegos del vocablo: “Conjunto de todos los conocimientos humanos” y
luego: “Obra en que se trata de muchas ciencias y enseñanzas”. Se
alude, así a esos volúmenes tan queridos que tratan casi todos los
aspectos del conocimiento, en profundidad y en extensión. Sus
orígenes pueden rastrearse en la Francia del siglo XVII, y en igual
período en la Inglaterra que en esa época se hallaba integrada, por
medio de sus academias y al igual que lo que sucedía en Francia, al
saber en sus más diversas formas. En España el enciclopedismo – como
tal se conoció al fenómeno - se dio apenas unas décadas más tarde,
con hombres como el padre Feijoo, autor de los sabrosos tomos de un
“Teatro Universal” en cuyas páginas el docto religioso –no recuerdo
ahora a cuál orden pertenecía, porque cambio de ella en vida, me
parece que era benedictino- repasa, enciclopédicamente, como había
que hacerlo en su siglo, creencias y supersticiones, postulados de
la ciencia o de la magia, o descubrimientos de la entonces todavía
principiante ciencia (en especial, los fenómenos de la astronomía)
con su curiosidad siempre despierta y pocas veces del completo
satisfecha, en una prosa inquieta y original, y pasando revista al
ya entonces vasto muestrario de preguntas que atenaceaban a los
enciclopedistas, verdaderos pioneros en esta tarea suya de
desentrañar los misterios mas cautivantes del mundo.
A menudo se me ha preguntado, en particular durante los años en
que me dedicaba a batallar por el saber desde la cátedra
universitaria, de una buena obra de consulta cada vez que llegara el
caso de tener que hacerlo. Porque siempre recomendaba, a mis alumnos
o a mis amigos, que saliesen de dudas con un buen diccionario
enciclopédico, a pesar del elevado costo de los mejores de ellos. En
lo personal opté hace años por la Enciclopedia Británica, en su
edición de 1987, que responde más que satisfactoriamente a las
necesidades que me han ido planteando los ejercicios de la crítica,
el periodismo y la cátedra universitaria, y de manera ampliamente
satisfactoria. Soy también poseedor de la edición de dicha obra
correspondiente a 1930, por ser ella estimada una de las mejores en
existencia, aunque no le consulto salvo en casos a los que podría
llamar clásicos, y cuyo tratamiento no haya sufrido, en los años
posteriores, ni revisionismo ni retractación o modificación algunas.
De la creación, de sus mecanismos y sus subterfugios:
Una vez más el grande, querido y admirado Sigmund Freud, de cuyos
escritos soy incansable lector (cada vez, extrañadamente renovado)
acude en mi socorro. Alguna vez definió a la creación como “la
sublimación de una neurosis”, lo cual coloca al creador, sin
posibilidad alguna de discusión, en la recua de los neuróticos. Pero
vayamos por parte, especialmente cuando de definiciones se trata,
pues el menor error con ellas puede transformarse en una catástrofe
de proporciones nada desdeñables. “Sublimación”, y nuevamente acudo
al diccionario, según el cual es “La acción de elevar hasta lo
sublime, es decir, hasta lo muy grande, elevado en cosas del
espíritu”, acepción que ha de ser la finalmente aceptada por Freud
como explicación de su teoría. Porque neurosis es (del griego
neuros, nervio), es “una enfermedad caracterizada por trastornos
nerviosos y sin lesiones orgánicas y por trastornos psíquicos, de
los cuales el enfermo es consciente”, o sea que se debe tener
extremo cuidado en no confundir neurosis con neurastenia (y
neuróticos con neurasténicos), sobre todo, al hablar de la
interpretación freudiana de la creación, estimar que las neurosis,
habituales en los creadores, no son materia del dominio de la
medicina, sino, que se manifiestan en proporciones saludables, del
arte.
Así, la vida cotidiana se ve enriquecida por múltiples y muy
variados aportes de sublimaciones que se van convirtiendo en
creaciones, todas ellas metamorfoseadas y anónimas. Porque estamos
ante una legítima creación cuando elogiamos una mesa elegantemente
dispuesta y servida, o cuando estamos frente a un jardín en el cual
flores y arbustos despiertan la mejor de las impresiones, todo sea
por evadirnos, así sea por unos momentos, de las otras veces férreos
dictados del arte. La mayor parte de estas creaciones no aspira al
rango de tales; les basta con esas buenas impresiones despertadas en
el prójimo, hacia el cual van siempre dirigidas, para satisfacer así
a un ente de nada fácil catalogación; la opinión, que es la corona
última a la cual la creación puede aspirar, que tantas
equivocaciones, algunas de ellas muy crueles, acumula a lo largo de
la historia. Porque los nombres de Mozart o de Van Gogh, elegidos al
azar entre los muchos que la historia ofrece a una selección que en
el fondo es penosa, no hacen otra cosa que confirmar la falibilidad
de los premios, cuando éstos son discernidos entre quienes no los
merecen, lo cual quita a la creación el más legítimo de sus
objetivos, que es el de agradar. De allí, tal vez, la extraordinaria
cantidad de premios, o de reconocimientos que a primera vista no se
comprenden, lo mismo que a menudo no se entienden las elecciones de
la fama, de la fortuna o de la popularidad. Pero todo esto no
lesiona la validez de la definición freudiana, siempre que se la
sepa aceptar en sus verdaderos alcances, que poco a poco tienen que
ver con el egoísmo, el orgullo y la vanidad puramente humanos, ellos
sí dignos de condena, o cuando menos de indiferencia. Porque también
la creación legítima, cuando encuentra el favor popular, puede ser
desde la base bastardeada. Por quienes hacen suya la tonta ganancia
de estar pescando en aguas previamente agitadas, ya se trate de la
moda como de otros agentes igualmente adulterados, y si encuentran
resonancia las obras de creadores que galopan ya en los batallones
de la hipocresía, agotados en sí mismos y por eso incapaces de
enfrentar sólidamente al futuro, único adversario ante el cual los
creadores legítimos no se inclinan, porque lo saben ligado a ese
juez insobornable que es, por sobrado derecho propio, el sucederse
de las arenas del tiempo. La fama después de la muerte, dolorosa en
extremo para el creador que cree en su obra, no es tan inusual como
se cree. A los por ella distinguidos, aunque en clara y
significativa minoría con respecto a los demás, la de los que
encuentran en vida la devolución, así sea parcial, de sus angustias
y de sus afanes. Porque una sublimación que compromete a la
totalidad del ser se refleja en una obra en la que valen, y cuánto,
las neurosis que en su momento se haya tenido que sortear, más la
sensación, del todo inequívoca, de estar combatiendo en el flanco de
la verdad, lejos ya de fantasmas, de engaños o de alucinaciones que
podrían componer lo menos seguro, lo más fácilmente atacable de esa
misma creación, a la cual el científico llega por los caminos que
son propios o inalienables de la ciencia, y el homo ludens, el que
ejerce un juego responsable en los territorios del espíritu, lo hace
por los senderos, tantas veces intentados, de una sublimación que en
muchos privilegiados suele extenderse a lo largo de una entera vida
(como en el caso del mismo Freud, tan joven y emprendedor en su
octava década de vida como lo había estado precedentemente), y les
asegura, así, la posibilidad de una perennidad tan justa como
merecida.
Por último me parece oportuno cerrar este capítulo con los
resultados de una encuesta muy personal, que realicé hace algunos
años, sin creer que el tiempo trascurrido desde entonces haya podido
modificar en forma sustancial mi razonamiento. Me proponía entonces
dar por sentada una presunción, que me había acompañado largamente,
la de suponer que los cultores de las artes visuales, sobre todo los
pintores, seguidos muy de cerca por los escultores, eran los que
llegaban a vivir más años. Obtuve los resultados deseados. Y no sólo
porque un Tiziano o un Miguel Ángel habían alcanzado, siglos atrás,
promedios de vida extraordinarios –muy cercanos a los 100 años- sino
porque el fenómeno se había dado, con regularidad, en todas las
épocas. Lo atribuí entonces –y sigo pensando lo mismo- a que la
pintura, y en grado todavía mayor la escultura, exigen de quienes
las practican abundante gestualidad: manos y piernas, brazos y
torsos y cabezas deben estar a menudo en movimiento, y a ello podría
deberse que un Monet, un Picasso o un Dalí, en el siglo
inmediatamente anterior al nuestro, hayan logrado considerable
longevidad. Que no se da en escritores, pensadores, músicos u
hombres de ciencia, sometidos a existencia notablemente más
sedentaria. Y sobre todo, que ellos lleguen a una vejez tan
envidiable, conservando casi intacta su capacidad creadora, de lo
cual Miguel Ángel, el día antes de su muerte, que lo sorprendió a
los 90 años, se hallaba entregado a planes en los que trataba de su
obra futura. O Claude Monet, quien la víspera de su muerte acababa
de dar las últimas pinceladas a un panel de sus “Nenúfares”, para
cumplir así con un compromiso pendiente…
De concursos, de premios y de cuarentenas:
En la vida de un artista, sea cual fuere el tema al que se
consagre, los premios tienen gran relevancia. Aunque no siempre
justos, ni destinados a subsanar omisiones o postergaciones, los
premios llenan, sin lugar a dudas, un lugar muy destacado en la
sociedad contemporánea, tanto en la de hoy como en la del pasado,
entendida esta última en el friso de tiempo que le corresponde.
Confieso que todavía me cuesta aceptar que el señor Alfredo Nobel,
al establecer en su testamento cinco premios anuales, entonces y
ahora suspirados y perseguidos por igual, haya decidido dejar fuera
la pintura, la música y el cine, aunque en el caso de éste se lo
comprende por ser una novedad de la década de 1890 (exactamente en
1896), y de importancia prácticamente nula en tiempos del inventor
de la dinamita. Quien con sus premios, muy significativos en cuanto
a la suma de dinero que representan, constituyen una especie de
devolución a la humanidad del cargo de conciencia derivado de haber
sido justamente una fortuna debida a la invención de la dinamita, de
efectos tan desastrosos en cuanto ésta empezó a ser empleada como
arma ofensiva.
Realmente, cuesta decir que si a esa exclusión, que beneficia a
la literatura y a un puñado de ciencias, pero que ignora, como dije,
a la música y a las artes visuales. Pero sería necesaria la
resurrección de Nóbel para que la enmienda fuese efectuada, y eso
está fuera de toda posibilidad. Así, sólo quedan, cada año, unos
pocos científicos premiados, y un escritor muchas veces impuesto
antes por politizaciones del entorno que debido a méritos propios.
En este caso, lo sucedido en su hora con nuestro Jorge Luis Borges
es lo suficientemente explícito como para abundar en otras
situaciones. El cine, por su cuenta, y a partir mas o menos de fines
de la segunda década del siglo XX, ha encontrado una solución para
su omisión de los Nobel al implementar, con carácter de universal
aunque el gran favorecido sea siempre su país de origen, los EE.UU.,
los tan zarandeados premios “Oscar”, que favorecen en primer y casi
absorbente lugar a la industria norteamericana en sus
manifestaciones cinematográficas. Y aclarar, de paso, y si queda
alguien que todavía lo ignore, porque una empleada de cierta
compañía productora de películas, al tropezar con la estatua de los
premios en uno de los pasillos de su oficina, la encontró parecida a
su “tío Oscar”. De allí a denominar así a los también suspirados
premios, que no son en efectivo aunque sus resultados a menudo
pueden medirse por un aumento en los ingresos de los favorecidos.
En las artes visuales del país, los premios ocupan un lugar de
importancia, aunque éste fue mucho mayor en el pasado. Algunos
premios, como el Palanza, han desaparecido con el correr de los
años, y no han surgido otros en su reemplazo. Pero las distinciones
oficiales en este sector de la cultura nacional no faltan, y en este
sentido son de particular relevancia, así como el aguijón que
estimula la creación en ellos. Una entidad privada, por ejemplo, y
lo hace a través de un jurado altamente calificado, otorga un premio
de U$S 10.000 anuales al artista que haya demostrado insobornable
calidad con su obra, y que lo haga a lo largo del tiempo, lo cual
otorga a este premio, llamado, como la fundación que lo discierne,
María Calderón de la Barca, un matiz de premio también a la
trayectoria que aumenta su significado y su interés. El salón
Nacional sigue en pie, aunque en condiciones a menudo lamentables, y
ha perdido, en la práctica, esa cualidad de descubridor de virtudes
que antes lo caracterizaba. De todas maneras, siguen siendo
abundantes los premios otorgados, antes que a otras disciplinas de
las artes visuales a la pintura, así como el dibujo, al grabado y a
la escultura en sus diversas especialidades, todas ellas de mucha
significación en el panorama nacional. Desde luego, nunca ha habido
premios ni los habrá, que hayan dejado conformes a todos sus
concursantes, ya que lo que cada vez se pone a prueba es la
responsabilidad de un jurado elegido precisamente por su
objetividad, su actitud equitativa y la responsabilidad de sus
juicios, pero en general el clima de los distintos concursos, tanto
de los consagrados como el de los que suelen irrumpir el medio
cultural al que las artes visuales pertenecen, es aceptada por la
mayoría, y son muy raros los escándalos debidos a parcialidades por
parte de esos mismos jurados, que deliberan en paz para establecer
dignamente sus premios.
En este sentido muchos son los llamados, es cierto, pero pocos
los escogidos, y el aspirante a consagrarse debe reconocer que a
nadie, si se sienta en su casa de brazos cruzados, irá a buscarlo,
nunca. O dicho en otras palabras, que es imprescindible una vida que
participe activamente de los movimientos que tienen que ver con el
arte al cual se dedica: visitas a exposiciones y a conferencias o
charlas a ellas vinculadas, muestras especiales de los museos, y
formar parte de sociedades de artistas plásticos cuya finalidad sea
obviamente ésa: el mutuo conocimiento, y el de las obras de cada
uno, base imprescindible para toda carrera que desee lanzarse en el
futuro. Así, y siempre dispuestos a aseverar con el propio juicio la
obra y la personalidad de los demás, todo esto dentro del marco de
un intercambio lo más intenso posible, el aspirante a ocupar un
lugar de significado en dicha sociedad podrá intentar el
reconocimiento de los valores propios, ya sea mediante una
exposición, el premio en algún concurso o el desinteresado
espaldarazo de la crítica, en estos detalles irremplazable.
De la necesidad de lanzarse, de cuarentenas y de dictámenes:
En realidad, las presentes palabras no son sino la prolongación
de las que cierran el capítulo precedente, en cuanto a que el propio
triunfo, la propia inserción en la siempre dorada esfera de los
elegidos cuesta (a veces más de lo necesario) y demanda un interés
en ciertos casos, que hasta puede resultar contraproducente. Para un
creador, entendido éste en las normas y en los conceptos que se van
desgranando a lo largo de estas meditaciones, y que tiene como
garantía el hecho de que son resultado de una actitud mantenida
durante muchos años (más de medio siglo, y sin embargo siempre
quedan cosas por valorar y para ser tenidas en cuenta) como para
permitir, llegado el caso, una visión en cierto modo didáctica,
fruto de un ejercicio constante y sostenido. A nadie, decía,
cómodamente instalado en el protector abrigo de las paredes de su
casa, van a ir a buscarlo la fama o el éxito, objetivos, aunque no
se los confiese abiertamente, de todo aquel (y aquella) inclinados
por dar un sentido trascendente a sus vidas, de las cuales su obra
es, siempre, el reflejo más próximo y deseado. De engañosas suelen
tildar quienes no son objeto directo de sus fanfarrias a las
trompetas de la fama. Pero es un lugar común que encierra su cuota
de saludable verdad. Porque en tren de elegir los instrumentos que
proclaman a esa fama, se opta por los más sonoros, los más
marciales, vibrantes y definidos; nada de delicadas arpas o
melodioso violines. Trompetas han de ser, y redoblando en sus
acentos, aún cuando los tambores (o precisamente por eso) son
llamados a silencio.
Quienes integran los escuadrones de las artes bien llamadas
visuales (en otras épocas se prefería llamarlas “bellas artes”),
deben, en todas las oportunidades, hacer de su presencia un motivo
de reconocimiento, porque las obras que a ellos pertenecen están
siempre reclamando que se las tenga de inmediato presentes, como
escudo y parapeto de la propia seguridad o integridad del autor.
Veni, vidi, vici, exclama César en los comentarios a la Guerra de
las Galias, y lo mismo que un general victorioso sea visto y palpado
por sus adictos, que son la firme garantía de esa misma fama que a
él de manera tan esclarecida señala. Asimismo, y quedémonos con un
pintor, aunque lo mismo corresponderá a un escultor, un grabador o
un dibujante, en ese mismo plano figuran las exposiciones, que son
los cables a tierra que el artista suelta de vez en cuando (los más
afortunados no se exceden de una muestra por año), y que le sirven
para constatar que no está solo en su camino, que sus admiradores lo
acompañan y lo alientan, y a veces, hasta hace lo mismo la crítica,
oportunidades en las que también recibe el invalorable testimonio de
sus iguales, atenciones a las que debe sin vacilación alguna
responder de las misma manera, porque ese artista forma parte de un
engranaje en el que todos son imprescindibles y al que resulta
descabellado e inútil rechazar.
Si se observa férrea disciplina en esto, unida a una decidida
presencia en todos los actos que tengan que ver con el ejercicio del
propio arte, se asegura no tener, en el futuro, a la soledad por
compañera cuando se intente repetir, ahora en lo propio, la
experiencia. La asiduidad en estas actividades asegura, igualmente,
un “aggiornamento” que es fundamental para el artista que no desea
pasar con su época. Y esto lleva nuevamente a otro tema, el de los
concursos, también tratado en el capítulo anterior, uno de cuyos
aspectos mucho me interesa divulgar, y el que en la jerga de los
jurados se acostumbra designar como “cuarentena”. Constituido dicho
Jurado, imaginemos que otra vez para dictaminar en un concurso de
pintura (es conveniente que sus miembros redondeen un número impar,
en previsión de los siempre engorrosos empates), y después de los
comentarios y del café de rigor comienza el desfile de obras
presentadas. Aquellas que no reciben el pronto juicio del jurado
(que no sabe si rechazarlas o aceptarlas para una competición
posterior), son colocadas aparte, en cuarentena. Porque se trata de
trabajos que no han logrado su aceptación inmediata, pero a las que
no se considera como faltantes a la totalidad de las normas
establecidas en el reglamento para la otorgación de dichos premios.
A veces, la cuarentena actúa en beneficio de dicha obra, pues los
jurados son responsables de la cantidad de esperanzas, de los
sacrificios incluso que puede haber costado un cuadro, una
escultura, una tinta. Y si se mantiene el juicio adverso que había
motivado el rechazo convirtiéndolo en definitivo. En mi experiencia
como jurado, que ha demandado muchísimo tiempo en mi vida, no
recuerdo un solo caso en el que de la cuarentena haya provenido un
premio. Empero, y esto ha existido no sólo en mí, sino también en
quienes me acompañaban como jurados, tomamos como propias las
palabras de Cristo, que André Maurcis cita en su “Hôte de passage”:
“Yo no vine a juzgar el mundo, sino a salvarlo.”
De encuentros, de hacedores, de la inspiración y de sus clases y sus
destinos:
Tema por demás relevante, sobre todo en el curso de las presentes
reflexiones, el de la inspiración, ese estado en que se halla el
alma sometida a la fuerza sobrenatural, y también entusiasmo
creador, numen poético, y por extensión, la obra inspirada. Los
Yanquis, que parecen mandados hacer para encontrar siempre, a la
manera en que antes lo hacía el espíritu francés, un rêve sonriente
a algo, hablan de la creación como de un estado al que se llega “ten
per cent by inspiration, ninety per cent by perspiration”: “un 10
por ciento por inspiración, y un noventa por ciento por
transpiración”, este último porcentaje incluido el trabajo exigido
por la creación, cuando se han sorteado sus primeros pasos, que
deben ser trabajados una y otra vez, incansablemente.
En épocas anteriores, y también en la nuestra, se suele hablar de
la creación cuando responde a dos motivos bien separados. Uno, o
bien se debe a una especie de numen sobrenatural, que se manifiesta
sin aviso, y que debe ser atendido de inmediato, o bien como el
resultado de un trabajo previo paciente y meditado, en el que el
autor echa manos, figuradamente, de todo el arsenal de sus armas,
para llegar, en un feliz final, a la culminación de esos esfuerzos,
concretados en la obra finalmente concluida, Platón habla de que hay
un ángel (en griego un “angelós”, esto es, un mensajero) que se
adueña de la propia voluntad y la hace obedecer a sus designios, que
son los de contar con una creación que de otro modo se habría
mostrado esquiva. Ambas acepciones cuentan con parejo número de
oponentes pero es indudable, según lo demuestra la propia
experiencia, que la broma o el chiste de los norteamericanos, cuando
hablan de los mecanismos de la creación, tiene bastante de lógica.
Muchos creadores, y en las distintas ramas de las artes, ansían no
enfrentarse con un fantasma que en el fondo es lógico, el de la
propia inacción o silencio. Aquí es donde entra a tallar el tema, en
cuya búsqueda tantos son los que figuran asfixiados. Nadie menos que
Rainer María Rilke, el gran poeta checo cuya obra se escribió toda
en alemán, se quejaba de ese cruel vacío, que en su caso había
durado años. Lo mismo que el de otro gran poeta, éste un jesuita
inglés, Gerard Manley Hopkins, comparable a Kyats y a Shakespeare
por la calidad de sus hallazgos, y que no dejó de escribir porque su
superior eclesiástico le ordenó que no lo hiciera. Muchos son, como
dije, los que sufren por no encontrar un tema, al que confunden con
la inspiración, que ya vimos que es otra cosa. Al respecto, sigue
siendo muy válida la respuesta que Johannes Brahms, a quien no
podría acusarse como falto de temas inspiradores, diera a uno de sus
alumnos, seriamente preocupado por no encontrar un tema a ser por él
desarrollado. -¿El tema? Pues no se preocupe. Lo difícil es saber
qué hacer con ese tema…
Pero Platón es empero culpable de haber prohibido la entrada, a
su “República” (un estado ideal, luego en vano tratado de concretar
por gran número de platónicos como de aristotélicos) a los enrolados
en las artes visuales, en especial a la pintura. Y en palabras del
mismo Platón, esto se explicaba: a la República ingresaban las
ideas, no por sus representaciones. Y como hace 25 siglos la pintura
abstracta aún no había sido inventada o descubierta, porque el que
pintaba una silla estaba trabajando por repetición, al duplicar la
imagen de la coloración de la idea “silla” no se le hacía lugar
entre los entonces elegidos.
Como estimulantes de la creación no podía faltar, y no falta, el
consumo de las drogas. Coleridge no oculta sus experiencias con la
valeriana, ni Henry Michaux con la mescalina. Gauguin y Van Gohg,
mientras duró su amistad, fueron relevantes alcohólicos. Kyats, en
parte por la devastación de su enfermedad (murió en el invierno
romano de 1825, de tuberculosis, a los 25 años, fracasado su amor
por Fanny Browne, y deshecha su carrera literaria por el amargo
encontronazo con la crítica) no dejó de lado ni a la morfina ni a la
cocaína. Es que al artista le cuesta, por lo común, aceptar reglas
sociales cuyo denominador sea el obedecer ciegamente a lo que otros
han legislado en materia de creación, y en esto se nota menos
involucrados a los literatos, tal vez porque su arte sea leído, con
todo lo que esto implica de intelección, de ayuda del inconsciente,
de sustituto. A otros, precisamente, los inspiran la lectura de
pasajes de una obra maestra, o la vigencia de los personajes,
protagónicos o no, de una novela, o un fragmento de música, o un
paisaje, o la fuerza y la gravitación de una psicología ajena. A no
hacer como el monsieur Jourdain de “El burgués gentilhombre”, de
Moliére, que descubre, ya en su plena madurez, que esa misma prosa
cuyos secretos y cuya victoria desea alcanzar es la que ha estado
sirviendo, sin que él se diese cuenta de ello, hasta ese momento
para expresarse. Dejados de lado los elementos que pueden conspirar
contra una existencia plena, íntegramente dedicada a las
arquitecturas de la creación, como la enfermedad o la invalidez,
éste un tipo de enfermedad todavía más penosa, hay muestras, en la
historia de la humanidad, que hablan claramente del triunfo de lo
positivo, en creadores geniales, que superaron con su vida a su
propia obra, de la cual fueron un categórico ejemplo. Freud mismo,
que seguía publicando sus estudios ya avanzada, en él, la octava
década de vida. O Verdi, que pasados los 50 años compone “Falstaff”
y “Otelo”, con la misma fuerza y pujanza de sus óperas de plena
juventud. O Picasso, más que nonagenario, testigo y protagonista de
un mundo contra el cual se ha manifestado muchas veces, lo mismo que
Chaplin, muerto como última protesta en Suiza, cercano ya a los 90
años. Hechos de una madera especial estos hombres (y muchos son los
que podrían engrosar la lista) mantuvieron siempre frescas sus
facultades creadoras, que prosiguieron en una epifanía constante y
valiosísima, inalterable corona de vidas destacadas, dedicadas
íntegramente al ejercicio, no menos constante de la creación, y
cuyos frutos han sido, son y seguirán siendo gustados por una
inextinguible posteridad.
Conclusiones:
Se imponen, llegado aquí, una que otra conclusión que ilustren lo
que se ha estado teorizando. Guiadas por un helenismo del que no
estoy dispuesto -ni mucho menos- a abjurar o a rechazar. Es que, con
25 siglos de antigüedad, el pensamiento griego me sigue pareciendo
tan vital y tan certero como si hubiese nacido en nuestros días.
“Poietés”, es decir con la misma palabra que para definir a un
poeta, nombraban los griegos al hacedor. Así, y no cabe la menor
confusión, a Dios lo llamaban –pese a ser épocas todavía de
floreciente politeísmo–“poietés” supremo, o sea supremo hacedor.
Categoría a la que puede aspirar, por cantidad de motivos, el
artista de nuestro tiempo. Que responde, en lo sustancial, en lo
definitorio, al de todas las épocas, según se ha tratado de
demostrarlo en los capítulos que anteceden.
Se ha hablado de la creación, de los distintos mecanismos a los
que recurre en tren de manifestarse, a la autoridad de las
afirmaciones freudianas en ese terreno. He soslayado, sabiendo que
lo hacía, el papel que todo artista reserva para la a veces tan
voluble como tornadiza fama. He aludido, al pasar, como quien no
quiere la cosa, a las oportunidades en las que esa fama, simple y
tremendamente, no aparece. A veces –y la historia abunda en ejemplos
que así lo demuestran- debido a que parte de sus aspirantes dejan el
escenario antes de tiempo. Entonces aparecen como fáciles consuelos
los de proclamar que los dioses se complacen en llevarse jóvenes a
sus elegidos. Los dioses o la muerte. Poco importan los muchos
nombres del bando contrario, el de los creadores que han gozado de
una vida más o menos prolongada, y merecido las satisfacciones de la
fama, el éxito o la consagración. Y es en este espinoso terreno
donde reaparece otro elemento hasta ahora ausente de estas
disquisiciones, igualmente originadas en las enseñanzas de Freud, el
bendito inconsciente: que no tiene conciencia de sus actos, pues
éstos pertenecen a la inconsciencia, estado en el que el individuo
ha perdido la facultad de darse cuenta de los estímulos exteriores y
de regular los propios actos y reacciones. De donde se desprende que
la inspiración, acto mecánico por excelencia, proviene del
inconsciente, ya sea esto endrío o exógeno.
En el inconsciente se originan, pues, todos nuestros actos; la
tarea del psicólogo y del psiquiatra son la de leer en esos
testimonios involuntarios las características propias de determinada
personalidad. Area también propicia, y en enorme cantidad, para
convertirse en materia constante para la creación, en buena parte de
su génesis obra del inconsciente. Pero cuidado, porque según sean
sus manifestaciones, ese inconsciente puede convertirse fácilmente
en tierra de sufrimiento y de dolor. Al respecto corresponde
refrescar las tres categorías, ya tan clásicas como famosas, en las
que Freud divide al ser humano: el yo, consciente y responsable de
sus actos; el ello o reino del inconsciente, y el superyo, o
conciencia superior, la de los padres y los antepasados, o la moral
de la sociedad a la que se pertenece, siempre en actitud de
reconvención y de limitación de posibilidades. Del enfrentamiento
del ello con el superyo surgen las trasgresiones y los conflictos
que irá jalonando una existencia. Y aunque no se trate de términos
patológicos, esos enfrentamientos, y especialmente su restricción y
su manejo, pueden ser eficaces fuentes de dolor. Las enfermedades
son gestos de alerta en los que prorrumpe cada tanto el
inconsciente, lo mismo que las creaciones, a las que muchos
entienden como verdaderos alumbramientos, acompañadas de un dolor
que no es físico, sino intelectual. Corresponde al formidable
andamiaje del psicoanálisis, continuado después de Freud por un
grupo de destacadísimos científicos, el mérito de haber contribuido
al enriquecimiento de la psicología hasta sus niveles actuales. Hoy
puede decirse que sus “casos”, patentes en dos grandes grupos de
irregulares, los esquizofrénicos y los paranoicos, han convertido a
la psicología y a sus enseñanzas en sustentos irrenunciables del
progreso humano. Aunque es necesario reconocer que la victoria al
final corresponde al inconsciente, dado el triunfo último de la
muerte, o thánatos, motor exacto de tantas religiones como de
hermosísimas y muy valiosas obras de arte. Y son éstas,
numerosísimas y siempre presentes, y en una dimensión que las
eterniza y que las hace intocadas a las lastimaduras del tiempo, la
que puede muy bien reclamar ese triunfo final, porque las obras de
arte son superiores a la muerte, y de ellas es el mérito de que el
hombre escape así a su destino, igualándose por ellas al plano de
los dioses. Algo que sabe la humanidad desde siempre, porque ya los
poetas de la antigüedad proclamaban su “No moriré del todo” porque
esperaban perpetuarse como ha sucedido y como seguirá sucediendo en
obras únicas, personales y con mucho a su vez de divinas en su
perduración, el único tesoro del que la tierra y el mundo pueden
sentirse orgullosos, su justificación y su gloria.
César Magrini
Escritor y crítico de arte |